Canto yo y la montaña baila (de Irene Solà)

Las páginas de Canto yo y la montaña baila (Anagrama, 2019) destapan un conocimiento mítico, interpolan lo extraordinario y lo real en medio de los Pirineos catalanes para que inspeccionemos las confidencias de un mundo al que no siempre atendemos. En lo que parece un espacio acechado por la naturaleza y la existencia de seres no humanos, Irene Solà enreda leyenda y vivacidad telúrica para componer una cuidada novela de lo maravilloso, seducida tanto por la energía ancestral de su discurso como por la sofisticación de sus formas narrativas.

No hablamos entonces de una historia escrita con sencillez nominal ni verbal. Tampoco de un volumen de fantasía per se, aunque es cierto que la mitología y el folclore locales revisten el libro. El preciosismo poético con el que Solà adorna esta novela nace de una ambición mayor, de un apetito por dotar al texto de verdadera belleza literaria y de estructuras que desafíen las convenciones del género. Me refiero aquí a la interesante mezcla de lo real y lo extraordinario (unidos a través de una suerte de “monólogo coral”), a la provocativa construcción del sistema de incertidumbres del relato y a la exclusión de la ya conocida función didáctica de este tipo de historias.

Cuando aludo al efecto coral quiero remarcar que no se trata de una polifonía sencilla, sino de una red de voces opuestas que, con indiscutible sigilo, alcanzan la unidad. Es una rara emanación, pues el lector está al corriente de que se empapa de los rumores de distintos personajes (corzos, brujas, montañas, hombres), pero a la misma vez comprende que el resultado es un monólogo de seres vivos y muertos, pugnando todos por referir sus crudezas, fusionados oralmente, ya que se hallan bajo el influjo del mismo contexto mítico-espacial.

Hablan en esta narración de lo maravilloso la tierra, los perros, las hierbas y los fantasmas de los desconsolados; es un yo plural que empareja memorias y observaciones actuales; pero, debido a una corriente de conciencia que tan solo “está”, es a la misma vez imperecedero. Comparte meditaciones, mas no enseñanzas, incluso va forjando un anecdotario de distintas experiencias vivientes y sentidos, y es posible vibrar con sus algarabías y susurros.

Todos sus actantes: la campesina Sió, el poeta Domènec, el oso, la lluvia, la “bruja” Dolceta saben compadecerse de los demás, odiar, sentirse culpables, enamorarse. Los lazos familiares y los lazos naturales, las abjuraciones y las fornicaciones confluyen en una condensación narrativa de sentimientos y dependencias fragmentarias, pero también nos recuerdan nuestra pequeñez ante las leyes naturales, el rol que cumplimos como parte ínfima de un vigoroso mecanismo universal.

Con Canto yo y la montaña baila Irene Solà impulsa una novela etérea acerca de las rigurosidades y las consistencias de los ciclos. Los días, está claro, no dejarán de moverse, y nosotros tampoco de morir y de alguna manera retoñar.

Gracias por leer esta reseña

Soy Salvador Luis Raggio Miranda (1978), narrador, editor y crítico cultural peruano: www.salvadorluis.net. Instagram: @panoptista

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