Carne y hueso (de Santiago Eximeno)

Carne y hueso (El Transbordador, 2021), distinguida el año pasado con el I Premio de Novela Corta El Proceso, nos obsequia un mundo de recias osamentas y tejidos tumorosos, una narración que urde desconsuelos (y hartazgos poblacionales) asociando el relato del absurdo con la novela de terror corporal. En diálogo con la precariedad contemporánea, Santiago Eximeno @SantiagoEximeno explota los recursos de un universo mórbido y redivivo, un territorio en estado de enfermedad crónica que sirve como analogía del mundo que ocupamos, sobre todo en su vertiente aniquiladora y cambiante.

Desde el título de la novela podemos apreciar cómo el autor acentúa dos espacios e identidades en contradicción. El primero de ellos, Carne, es un lugar fétido y descompuesto, en el que la clase trabajadora y explotada convive con inflamaciones de aspecto canceroso y vísceras nauseabundas. Es allí justamente donde reside el protagonista de la novela, Solomo, un fantoche profesional cultivado en la baja autoestima.

Este territorio de podredumbres, no obstante, se diferencia de un segundo escenario denominado Hueso, lugar de la trascendencia, la riqueza y la movilidad social. Ambos territorios son a la vez parte de los residuos de antiguos dioses (esqueletos y carnes megalios, según el narrador de la novela) que sirven ahora como materiales de construcción, y están definidos por su cercanía o lejanía al Borde (la franja que alberga a una reducida clase media) y a los Despojos (el arrabal miserable de los pobladores sin nombre ni capital).

Las venas distópicas y sociológicas de Carne y hueso retratan claramente estructuras infranqueables para el ciudadano de a pie (regímenes clasistas, marginaciones socioeconómicas, dispositivos administrativos de segmentación dura), además de la normalización de un gobierno inhospitalario y necropolítico. Siguiendo esa línea temática, en esta narración el estado de lo cárnico enaltece o degenera a los personajes de Eximeno, destacando simbólicamente las arquitecturas blandas de las sólidas, y las casas “enfermas” de las “sanas” y “vigorosas”.

Solomo y su mujer, Marucha, son ciudadanos de segundo orden que antes que vivir, vegetan en el declive. Su día a día es siempre iterativo y por momentos humillante (el relato alegórico de dos cortes de materia apestada). Eximeno repuja con agudeza las penurias que marcan su clase y la manera en que son desprovistos de valor, subrayando que la carne megalia que los rodea pertenece a un sistema corrompido y consumista que no deja de infectarse. Esta infección extendida, representada de forma monumental y repelente a través de los códigos visuales del body horror, alcanza también a los estratos más altos de la sociedad, las capas que perduran inmisericordes en sus residencias de hueso envejecido, adorando una antropofagia vil que amenaza con agotar no solo la superficie epitelial, sino también las cavernas y las médulas.

Gracias por leer esta reseña

Soy Salvador Luis (1978), narrador, editor y crítico cultural peruano: www.salvadorluis.net. Twitter: @UnRaggioLaser

Anterior

God Loves, Man Kills

Siguiente

Los errantes (de Malena Salazar Maciá)

Reseñas relacionadas
Más

Pulpa (de Flor Canosa)

Es ya habitual que el interés filosófico de Flor Canosa @florcanosa gire en torno a lo corporal. Pulpa (Obloshka, 2019), al igual…