Carta sobre los ciegos para uso de los que ven (de Mario Bellatin)

Distintas líneas posibles de narración se unen en una larga “carta” dirigida a un hermano ciego, sordo y mudo en una colonia psiquiátrica. La autora, también invidente y recluida, pero capaz de procesar sonidos y lenguaje por medio de un implante coclear, es una abnegada compañera y a la vez una productora de ficciones que nos llevan al límite del discernimiento. Carta sobre los ciegos para uso de los que ven (Alfaguara, 2017) es una pieza que nos devuelve al Mario Bellatin más experimental, un texto que revalida una poética y un corpus literario, buscando, aunque la tarea sea en el fondo imposible, “escribir cosas que no estén escritas”.

Como toda ficción inquietante, esta narración aparenta ser algo comprensible para transformarse luego en un relato multipartito y confuso. No es la primera vez que Bellatin utiliza esta estrategia, sin embargo, la eficacia del efecto dislocador de su reciente libro se sustenta claramente en la mutación constante de la diégesis y en un desarrollo narrativo que prefiere el salto y la indefinición, sobre todo para hacer énfasis en el contexto innombrable en el que “suponemos” se encuentra la protagonista. Me permito entrecomillar ciertas palabras porque, aunque la Colonia de Alienados Etchepare es un centro psiquiátrico auténtico en el Uruguay y la penosa condición de sus pacientes ha sido divulgada por años, el texto de Bellatin no es precisamente un retrato fehaciente de la realidad ni una novela de denuncia, sino una exploración acerca de la creación literaria en su esencia más elemental: el silencio, la ceguera y la reclusión.

El supuesto género epistolar que nos sirve de partida tiene un famoso intertexto en la figura del enciclopedista Diderot, de quien Bellatin toma el título para su obra. No obstante, la carta sobre la ceguera del francés, como buen producto ilustrado, “ilumina”, “aclara” y se preocupa por el conocimiento científico “verificable”. En este caso, la palabra “verificable” es cardinal para examinar el texto de Bellatin, ya que la obra plantea una firme ambigüedad cuando se trata de plasmar la realidad concreta, derribando cualquier tipo de lógica o de demostración implícita en torno a los hechos narrados.

Lo “verificable”, por ende, es siempre absurdo y desconocido en esta nouvelle experimental: se nos habla de una pareja de hermanos discapacitados y del “hermafroditismo” presente en uno de ellos, de la penuria y el tedio en la colonia psiquiátrica, de un barco tomado por violadores, de un agrimensor kafkiano, de ciertas decisiones del profeta Mohammed, del amor y el sexo fraternal y de un taller de escritura fantasmagórico impartido por el alter ego de Bellatin, en el cual, presumimos, se enmarcan las acciones. Todas esas líneas trazadas se yuxtaponen e intercalan febrilmente, creando un monogatari apócrifo y un texto “sin las etiquetas de costumbre”, como en algún momento sugiere la narradora no confiable de la historia.

Es cierto, la situación patética de la Colonia de Alienados Etchepare — y el hecho de que esté rodeada de una jauría de perros salvajes en la vida real — cataliza la gestación de una historia tenebrosa y de una crítica velada, pero si bien el abandono y la falta de inclusión son constitutivos, no perdamos de vista la forma en que Carta sobre los ciegos para uso de los que ven funciona más como una poética que como una representación inequívoca. A fin de cuentas, ¿quiénes son “los que ven”? ¿Quiénes no se atreven a dejar de lado sus sentidos, a permanecer en silencio y experimentar en la clausura? Este nuevo relato de Mario Bellatin nos acerca, quizá, a una percepción del abandono, pero su intención constante de fomentar la creación a partir del cuidado y la celebración de la anomalía es más que evidente.

Gracias por leer esta reseña

Soy Salvador Luis (1978), narrador, editor y crítico cultural peruano: www.salvadorluis.net. Twitter: @SalvatoreLuigi1

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