Combustión humana espontánea (de Guillermo Barquero)

Sinuosos vertederos que nos atrapan, efectos de la presencia de una depresión alarmante que dominan el sentido de la dirección; en Combustión humana espontánea (Editorial Germinal, 2015), Guillermo Barquero @GuillermoBarqu1 parece retratar el mundo de su protagonista utilizando una película ortocromática de bajo contraste, reiterando acciones inusitadas que suceden siempre fuera de la seguridad del plano fotográfico, donde todo se difumina.

Esta novela es en sí misma una acumulación hipnótica de rodeos y desvaríos, meandros donde la imaginación se abre paso a través de un sistema de narración heteróclito, en cuanto la certidumbre del lector se ve dislocada continuamente por medio de capítulos que trazan una línea de belleza anómala y extrañamente definida, borrosa no en el discurso del pesimismo humano ni en el signo de una obvia infelicidad, sino en las conexiones que enlazan el asunto, la trama acoplada por saltos narrativos que buscan desestabilizar la total penetración analítica.

Esta cadena fragmentada de irresoluciones, no obstante, es la que brinda atractivo y unidad “fotográfica” a la obra: la incógnita se conjuga con el vagabundeo atropellado de una cámara-protagonista que nos habla desde la subjetividad de la destrucción interna y el agobio provocado por lo externo, desde aquella carencia romántica que se conecta a una innegable improductividad vital (las experiencias sensibles del yo narrador, capítulo a capítulo, están fusionadas al extravío, a la corrupción que proviene de una pérdida absoluta del ánimo de vivir, al menos desde un punto de vista convencional: la vida con un norte). Quizás la única certidumbre en este universo de opacidades y nieblas es la figura distante del ser amado: Marcela, personaje fantasma que por momentos se interseca con otra mujer, símbolo gaseoso que aparece y desaparece a través de invasiones esquizofrénicas, la mujer violada, la mujer dentro del camafeo perenne, la memoria repetida que brinda significado cuando la representación novelística busca huir del orden de lo claramente identificable.

Lo cierto es que las relaciones con otros seres humanos en Combustión humana espontánea se concretan debido a circunstancias extremadamente aleatorias (¿quién es o qué es Ackermann?, ¿quién es Marina?), dispersiones trascendentales del protagonista donde el sentido de la “no dirección” es una forma desesperada de “tantear” un curso (una evasión necesaria debido a la falta de sustentáculo y a la apatía) que celebra tanto la percepción delirante como la evaporación del pensamiento metódico a través de la imagen del fuego automático.

En el caso de esta novela, el método de composición es el de la interrupción espontánea del entendimiento como técnica de ensamblaje, y es así como interpretamos no solo la secuencia de capítulos sino también el comportamiento absurdo del narrador al recibir decenas de piezas inconexas de parte de misteriosos benefactores para ensamblar, sin ningún tipo de instrucción o entrenamiento, un gran… ¿aparato?, ¿modelo?, ¿una gran obra de arte?

Ya sea a pie o ayudado por circunstanciales medios de locomoción mecánica, el protagonista, quien a veces se hace llamar Bohórquez, recorre vistiendo una piel de animal una ciudad concebida como un montaje de incendios imaginados, sonidos metálicos, calles infectas y aires hediondos: el caos de lo sensible (un caos sin armonía temporal) se convierte de este modo en el eje primario del relato de Barquero. Visto como símbolo de la anarquía de la percepción, el espacio en la novela nos enfrenta a un gran objeto fractal, a la irregularidad del terreno físico y psíquico. No es que no exista una secuencia discursiva comprensible, sino que al desvincular más de lo acostumbrado algunas causas y algunos efectos lo que nos brinda Combustión humana espontánea es la sensación general de estar ante un exilio autoimpuesto y una crisis decisiva, un alejamiento continuo a partir de un hecho del que solo conocemos descripciones muy vagas y breves (lo poco que en las primeras páginas se relata acerca de la muerte de Marcela). En esas primeras páginas, justamente, es cuando Vanuatu, aquella república insular del Pacífico Sur, se convierte en un motivo recurrente al referirnos a un imaginario del desarraigo emocional y la distancia física, sobre todo si el lector nunca ha visitado ni experimentado Vanuatu en términos reales. La pregunta que se hace el narrador en ese sentido es ciertamente relevante para enfrascarnos también en la sugestiva atmósfera que busca plasmar Barquero: “¿Dónde está Vanuatu en un mapa?”.

Gracias por leer esta reseña

Soy Salvador Luis (1978), narrador, editor y crítico cultural peruano: www.salvadorluis.net. Twitter: @SalvatoreLuigi1

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