Cuarto azul (de Raquel Abend van Dalen)

Organizada en torno a la confluencia de temporalidades pasadas y presentes, Cuarto azul (Kalathos Ediciones, 2017), de Raquel Abend van Dalen @Abend_Raquel, es en parte una narración sobre el tema del holocausto judío, en parte una historia sobre el desarraigo familiar y la aspiración juvenil y también un breviario psicológico y sentimental relatado por una mujer sobreviviente, que sabe distinguir tanto el hedor de los campos de refugiados como la armonía de los movimientos de una pieza de música clásica.

La narrativa de Raquel Abend van Dalen, ciertamente, tiene una serie de cualidades que ya fueron expuestas con la publicación de Andor (2013) y que la hacen destacar hoy por hoy no solo entre la producción de otros escritores venezolanos recientes sino también entre las obras que se editan de forma mecánica en el circuito literario iberoamericano y que caben dentro del archivo de lo que solemos identificar con la etiqueta de memoria histórica.

Si bien existen obras destacadas inscritas en ese rubro, no podemos negar la explotación comercial que se hace constantemente con el mismo y la flacidez creativa de sus propuestas cuando la balanza se inclina solo hacia una opinión política. Cuarto azul, no obstante, es un texto que nos conmueve no precisamente por ser una obra sobre la memoria histórica de la Segunda Guerra Mundial per se, sino por tratarse de una nouvelle universal acerca de los recuerdos y su participación dislocadora en el presente. En esa línea, la autora se encarga de remover las piezas que buscan reconciliar los lazos universales únicamente a través del discurso político para obsequiarnos a cambio una meditación sobre la crisis de la humanidad que no está ligada a soluciones partidarias sino a la deuda emocional que dejan los dolores más crudos.

Zofianka Kiéslowski, protagonista de la historia, es una mujer de ascendencia judía que percibimos a través de temporalidades distintas: su pasado en Polonia, Rusia y Alemania y su presente, cinco décadas después y luego de convertirse en monja de clausura en Nueva York, en una localidad europea que por momentos se hace brumosa y por momentos nostálgicamente familiar. Esta relación de opuestos es clave para el discurso del desarraigo y la migración que subyace en el texto de Abend van Dalen, pero también nos habla de una traslación psíquica, de dolores y placeres, insatisfacciones y consuelos que señalan el derretimiento de la infancia feliz y la llegada de la adultez obligatoria y distintivamente sombría de la protagonista.

La muerte, las víctimas de la peste y el hambre, las fosas comunes, los cuerpos raquíticos y el destierro que calaron en la vida de la primera Zofianka se cruzan y se contrastan en Cuarto azul con escenas de degustaciones de chocolates y de cuerpos desnudos y con paseos en bicicleta para alcanzar una función de cine. Los diálogos en esta nouvelle, además, responden a un peculiar montaje que por momentos se imbrica con el texto descriptivo-narrativo y que al final de la obra conduce nuestra atención hacia una micropieza teatral que profundiza en la imposibilidad de alcanzar un ideal romántico, un final inclinado por el absurdo que a la vez desmonta toda nuestra expectación.

Si hay algo en verdad rescatable de la literatura de Abend van Dalen, sobre todo en el caso de la mezcla de géneros que reside en Cuarto azul, es su admirable imaginativa. Al mismo tiempo, la finura de su lenguaje, la pulcritud con la que es capaz de representar la violencia concreta y sin embargo hacernos sentir intensamente la hondura del dolor refleja una sensibilidad muy particular para la escritura. Los recuerdos de Zofianka son infaliblemente duros, tanto durante la juventud como durante la adultez, al leerlos sentimos con frecuencia que la felicidad es incapaz de asentarse en este personaje, pero al mismo tiempo sabemos que su relación irresuelta con un hombre espectral de apellido Wozniak, o su viaje de regreso a la semilla, o el abandono del judaísmo en el que se crió son también formas de estabilidad, de paz interior y de resistencia: formas en las que este personaje doloroso nos invita a comprender y a abrigar su versión de lo humano.

Gracias por leer esta reseña

Soy Salvador Luis (1978), narrador, editor y crítico cultural peruano: www.salvadorluis.net. Twitter: @SalvatoreLuigi1

Anterior

La experiencia formativa (de Antonio Díaz Oliva)

Siguiente

Iluminación (de Sebastián Antezana)

Reseñas relacionadas