El monstruo pentápodo (de Liliana Blum)

Poco a poco Liliana Blum @LaBlum se ha afianzado como una cultora de historias temáticamente transgresivas, cuyas disrupciones nos conducen a encarar las complejas realidades de protagonistas “perturbadores” o “anómalos”. El monstruo pentápodo (Tusquets Editores, 2017) es un nuevo ejemplo novelístico de esta preferencia, continuando con el camino ya trazado por Pandora hace un par de años, pero experimentando en esta ocasión no solo con la anormalidad de los cuerpos y las excitaciones parafílicas, sino también con la relación psicológica entre eros y poder.

La novela da cuenta de un “ciudadano modelo”, Raymundo Betancourt, un ingeniero civil que, además de hacer su trabajo con puntualidad y profesionalismo, esconde impulsos sexuales y fantasías hacia niñas prepúberes; con el tiempo, este trastorno deriva en secuestros planificados y en el uso de un sótano diseñado para la reclusión de menores de edad. El personaje de Raymundo, a su vez, existe en la novela de forma comparativa, intercalándose con el de Aimeé, una mujer que sufre de enanismo y que es manipulada románticamente por el secuestrador (al punto incluso de quedar embarazada de su bebé). Esta intercalación de perspectivas nos permite leer tanto los hechos asociados a cuestiones sexuales (enfocados en Cinthia, la niña secuestrada en el texto) como las reflexiones relacionadas al trauma psicológico que provocan el acto de docilidad de Aimeé y el poder autoritario de Raymundo.

Si bien el secuestro y la violación de la pequeña Cinthia son determinantes para la funcionalidad dramática de la novela, en realidad el lector tiene mayor contacto con las confesiones, tribulaciones y remordimientos de Aimeé. Así, la estructura del texto, capítulos novelados en tercera persona que relatan las andanzas de Raymundo y cartas y diarios que Aimeé comparte como catarsis del yo, sirve para sumergirnos en los conflictos internos de un personaje que, como sucede con la mujer obesa de la anterior novela de la autora, es “indeseada” por la sociedad.

La acondroplasia que Aimeé padece la hace “anómala” en términos físicos, una condición que Raymundo aprovecha para dominarla y esclavizarla emocionalmente. De esta forma, la imagen del monstruo pentápodo que Blum toma de Vladimir Nabokov no es solamente una metáfora para referirse al Raymundo malvado (en contraste con el Raymundo modelo), sino también a la “enana monstruosa” que, intuyendo la corrupción de su pareja, evita denunciarla a cambio de sentirse querida y normalizada.

La novela de Blum, efectivamente, envuelve una esmerada arquitectura en lo que se refiere a la construcción de personajes y a la imposibilidad de predecir las consecuencias del comportamiento individual. El perfeccionismo y el autoritarismo de Raymundo se contrastan con la compasión y los celos que Aimeé siente hacia la niña, y esto hace que nos hallemos indefectiblemente ante dos peculiares versiones del “otro”: aquel ogro parafílico y sistemático que rompe el orden comunitario, y aquella mujer “deforme”, manipulada y rechazada por su entorno social, que personifica a la vez tanto el rol de la secuestrada como el de la secuestradora. Este juego de duplicidades y complicidades hace de El monstruo pentápodo un relato cruel pero hondamente sugestivo, cuestionando los instintos más despiadados del hombre y profundizando en las estrategias de dominio relacionadas al eros. La obra de Liliana Blum, sin duda, reside en un lugar prohibido, y para bien de sus lectores este espacio simbólico se convierte una vez más en una transgresión cautivadora y sin límites.

Gracias por leer esta reseña

Soy Salvador Luis (1978), narrador, editor y crítico cultural peruano: www.salvadorluis.net. Twitter: @SalvatoreLuigi1

Anterior

Malas noticias desde La Isla (de Carlos Gámez Pérez)

Siguiente

Todo lo que debe morir (de Jimena Antoniello Ligüera)

Reseñas relacionadas