Faltas ortográficas (de Eduardo Varas)

Después de una breve temporada de silencio literario, Eduardo Varas regresa al mundo de la ficción con Faltas ortográficas (CCE Benjamín Carrión, 2017), una notable colección de cuentos que, además de examinar las pasiones que genera la escritura, reúne una seriede imaginerías relacionadas tanto con motivos televisivos, cinematográficos y musicales como con determinadas experiencias de la sociedad de consumo, especialmente aquellas que se expanden a nivel mundial a partir de la década de 1980. El libro, a su vez, une niveles de alta y baja cultura sin caer en la mera clonación de fórmulas, sorprendiendo al lector por la manera en que se entrelazan la sofisticación de la literatura y el canon de la creación pop.

A pesar de que a primera vista podría sonar a estricta repetición, Faltas ortográficas, a diferencia de lo que ha aportado la literatura de Ray Loriga (Héroes) o Alberto Fuguet (Cuentos con walkman) a principios de los años 90, propone un escenario de licuefacción cuando se trata del uso de los temas recurrentes del Hollywood más comercial o de bajo presupuesto y de la música rock. Varas, por haber crecido en la era de los blockbusters y las series de TV retransmitidas, hace un gesto literario no precisamente globalizado, sino “glocalizado”, actuando localmente pero pensando de manera global, explotando al máximo la fusión de elementos culturales internos y externos. Esta actitud puede percibirse, por ejemplo, en un cuento como “Película B”, donde la figura del mesías presidencial latinoamericano se mezcla con una rabia viral intergaláctica y la parodia del mejor Schwarzenegger, o en “Versiones del lobo”, un texto sobre licantropía en la era de la ciudad comunicacional protagonizado por un hombre lobo cibernauta que podría vivir en Los Ángeles o Londres, pero que concluimos sufre transformaciones en el Ecuador del siglo XXI.

Loriga y Fuguet, al igual que Varas, dependen del intertexto anglosajón, no obstante, en el mundo ficcional de este último aquel intertexto (ya sea el payaso Pennywise, Bruce Banner o Amy Winehouse) es de algún modo también ecuatoriano; no hay, como sucede en generaciones previas, un parteaguas histórico literal, una ruptura o un nuevo comienzo que provoca de pronto unaabundancia de referencias culturales en inglés, sino una linealidad (o una realidad) que simplemente discurre, mostrando la referencia como parte intrínseca del cotidiano.

Es obvio que la homogenización del gusto en las clases medias mundiales desde el advenimiento de la televisión por suscripción y las tiendas de alquiler de video son fuertes influjos en la génesis del autor. De ahí que estemos ante un conjunto de relatos que escenifica la experiencia y no precisamente la imitación de la experiencia. La televisión por cable, por ejemplo, hace de Saturday Night Live un sábado cualquiera (como en el relato “Live from New York, it’s Saturday Night”, que aunque sucede en Nueva York, resulta ubicuo y reconocible debido a las transmisiones por fibra óptica); del mismo modo, la cultura de alquiler de películas (ahora trasmutada en Netflix) permite disfrutar en poco tiempo de una videoteca que no existía hasta principios de los años 80: ficheros de terror, drama o acción, documentales sobre asesinos en serie o músicos, etc., de donde nacen cuentos como “Prólogo”, lleno de invocaciones a psicópatas, “El show de los muertos, pt 2”, interesantísimo texto existencialista sobre la otredad zombi de un joven de izquierda, y “La sociedad de las estrellas de rock muertas”, un relato que, entre otras presencias fantasmales, revive el blues primitivo y la voz de ese infortunado compositor que fue Robert Johnson.

Tomando una postura antiaudiovisual y proteccionista, un libro tan glocalizado como Faltas ortográficas podría verse como extranjerizante e impuro, no representativo de la “verdadera identidad latinoamericana” ni de la literatura como un arte exclusivamente verbal, pero lo cierto es que Eduardo Varas enuncia a partir del archivo pop que conoce. Lo que no significa, claro está, que no sepa beber del canon literario para imaginar, de la ficción y de la biografía de Kafka, por ejemplo, en un relato como “Perro”, o de las guerras de valoración y los ritos de supremacía y revanchismo poético y novelístico en “Los días felices”; algo que sin duda refleja no solo el tipo de consumo cultural del autor sino también su esforzado conocimiento empírico del mismo.

Gracias por leer esta reseña

Soy Salvador Luis (1978), narrador, editor y crítico cultural peruano: www.salvadorluis.net. Twitter: @SalvatoreLuigi1

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