La casa de los eucaliptus (de Luciano Lamberti)

Luciano Lamberti @_Lamberti acostumbra manipularnos con maquinarias que sujetan nuestras sensaciones a misteriosos espacios rurales y urbanos de los cuales no es sencillo desprendernos. La casa de los eucaliptus (Penguin Random House, 2017), su más reciente colección, vuelve a estas zonas de miedo, pero retorna a ellas con la desenvoltura de quien puede hilar más fino mientras continúa adentrándose en la oscuridad. El resultado es un expresivo libro de cuentos donde se entreveran aberturas (¿o son tal vez cerraduras?) hacia universos paralelos — agitadores del pasado y del presente — y caminos violentos de extinción que inundan y sobrepasan lo “natural”.

Decir que la estética de Lamberti es puramente terrorífica sería inadecuado. En su escritura, en realidad, hallamos una aleación de lo primero con tonalidades de lo fantástico y la ficción científica blanda. Este último elemento de ciencia ficción, por cierto, retiene mucho de esos “outer limits” y “twilight zones” televisivos, haciendo de aquel segmento de la cultura de masas un ingrediente extremadamente funcional en la literatura del autor. Son motivos absorbidos, valga la mención, pero no reciclados; porque lo que tiene de valiosa la obra de Lamberti es la manera en que nos sorprende y paraliza. Sus textos, con constancia, fluyen “ectoplasmáticamente”, y engendran un efecto abrumador siempre en la línea final.

Esa forma tan escrupulosa de plasmar el terror — que es quizá la manera en que trabaja el mejor terror de la ficción — rinde frutos a lo largo de la obra obsequiándonos una serie de relatos amenazadores. Aunque la lista es más larga y poblada, sin duda merece mención el cuento que le da título al libro, que explota la postura servicial de un padre de familia hacia un amo malvado conocido como La Visita, y también el relato de deconstrucción zombi “El tío Gabriel”. Asimismo, sobresalen las narraciones de encuentros con lo abominable como “Los chicos de la noche” y “Los caminos internos”. La primera de ellas, una versión lambertiana de The Lost Boys en el marco de la subcultura skater, y la segunda un nostálgico relato de extravío en la provincia que deriva en un inframundo donde lo familiar es sinónimo de la atrocidad.

Al leer los cuentos de La casa de los eucaliptus es inevitable no detenerse a pensar en la manera en que están rigurosamente compuestos. En general, los tránsitos de los “mundos conocidos” a los “mundos ignotos” son inapreciables a primera vista; lo que nos habla siempre de una técnica que suspende la visualización clara del extrañamiento hasta muy entrado el desenlace. Podemos, sí, percibir que estamos en un escenario de “tensa placidez”, sin embargo Lamberti nos separa de lo vivamente siniestro con la narración de la naturalidad del campo, del pueblo chico o con las introspecciones de sus protagonistas. La casa de los eucaliptus no es, efectivamente, una lectura predecible, pero tampoco formulaica en lo que respecta a los patrones del gótico. La propuesta estética del autor disuelve los límites genéricos utilizando fragmentos de vida cotidiana y revelando así un terror que nos ataca por medio de la ausencia; o, como diría Mark Fisher, a través de la “falta de presencia”.

Gracias por leer esta reseña

Soy Salvador Luis (1978), narrador, editor y crítico cultural peruano: www.salvadorluis.net. Twitter: @SalvatoreLuigi1

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