La experiencia deformativa (de Antonio Díaz Oliva)

Al leer La experiencia deformativa (Neón Ediciones, 2020) las ganas de salir a la calle de pronto se desvanecen; una severa energía despierta la curiosidad en el lector, y es necesario permanecer inmóvil, consumir el libro, entrar en sincronía con las páginas hasta llegar al párrafo final. Son cuatro relatos que se acercan a la novelette, cuentos largos que despliegan el imaginario de Antonio Díaz Oliva @TheAntonioAdo, pero que a la misma vez lo transfiguran, añadiendo, sobre todo, una capa dura de inefabilidad.

Ciertamente, aquello que no se puede describir ni enunciar es lo que más seduce de este conjunto, su expresividad sigilosa, allí donde se combinan la ironía y el ocultamiento. Somos conscientes de que los protagonistas del autor dibujan algo, pero el juego está en referir y sortear la exposición, representar un mundo inarticulado con sequedad, pasividad y un lenguaje rendido al vivo color de su tosquedad y reserva.

No hay duda de que se trata de una colección de cuentos hermanada a su antecesora inmediata, La experiencia formativa, y que los senderos de la anormalidad continúan fascinando a su creador. Es un tipo de realismo ácido que se aprovecha de los aspectos incoloros y desaboridos de la existencia; y sin embargo la prosa de Díaz Oliva sabe darles una conducta “anormal”, escupiendo viñetas de cotidianidad extraña que “deforman” la experiencia más obvia. El prefijo de-, que en este caso indica la falta de algo, trae consigo un significado inestimable, delimita una operación simbólica, y cada pieza de este cuarteto parece mostrarnos lo que tiene para luego condicionarnos a lo que no está, ilustrando así un desamparo que confluye con el malestar desabrigado y posmoderno que invade el libro.

Aunque las cuatro piezas de La experiencia deformativa merecen atención, sin duda dos de ellas cautivan por su contacto con la artificialidad. En “A pocas cuadras del Parque Forestal la señora Gonçalves graba vidas ajenas”, una anciana decaída intenta vencer el duelo familiar por medio de la grabación de imágenes digitales, creando un puente entre su generación y el mundo del arte contemporáneo (tratando así de adentrarse en la “verdad” de sus vecinos con un dispositivo fotográfico que, paradójicamente, le muestra lo que nunca ha podido percibir). De la misma forma, “Un mundo de cosas violentas y rígidos encuentros entre maniquíes y seres vivientes”, relato que cierra el conjunto, se inscribe en la tradición del organismo artificial que deambula entre humanos. Díaz Oliva nos vincula a su falta intrínseca de emociones y sus calles grises, y nos permite ver los puntos flacos de la condición biológica a través de la lente de la monotonía y la estupidez. Organizaciones secretas que desean humanizar el mundo, maniquíes que lo pueblan. Una experiencia deformada y “deformativa” que subraya con mordacidad el desierto interior que nos atañe.

Gracias por leer esta reseña

Soy Salvador Luis (1978), narrador, editor y crítico cultural peruano: www.salvadorluis.net. Twitter: @SalvatoreLuigi1

Anterior

Novela B (de Mónica Bustos)

Siguiente

Al final del miedo (de Cecilia Eudave)

Reseñas relacionadas