Parece que Dios hubiera muerto (de Diana Ospina Obando)

Siempre me ha interesado la manera en que Diana Ospina Obando @elgatoquepesca narra la tristeza, ya que es capaz de sujetar los sentimientos más grises y transformarlos de pronto en un pequeño ovillo de hermosura. En Parece que Dios hubiera muerto (Seix Barral, 2021), su primera novela, la autora rescata las mismas bondades de su narrativa breve, pero esta vez amparándose en un lienzo ficcional más dilatado. Valiéndose de la representación de la muerte y del duelo que la acompaña, Parece que Dios hubiera muerto nos acerca a las heridas de una mujer que trata por sobre todas las cosas de hallar un lugar de resistencia, a pesar de las ausencias que el destino le impone.

Al igual que el nacimiento, la muerte es una situación límite, actúa como un parteaguas, e implica, asimismo, comienzos y desenlaces. Su carga negativa está conectada eminentemente a la pérdida de un estado físico; sin embargo, la cuota emocional que la influye desordena también al ser humano en su configuración afectiva más elemental, sobre todo cuando se trata de un ser querido. El caso de la protagonista de Parece que Dios hubiera muerto, una mujer que rememora su adolescencia temprana en Bogotá y el desconsuelo suscitado después del suicidio de su madre, nos empuja hacia un pozo de silencios y desconexiones, y hacia aquel conmovedor reinicio vital que aparece de súbito tras la pérdida de un familiar cercano. Para la narradora de la historia, el fin implica un cortocircuito inaugural, un evento inesperado que trae consigo nuevos parentescos y sensaciones, y que hace de la frase “parece que Dios hubiera muerto” una exhalación tanto romántica como dolorosa.

La belleza de esta novela, no obstante, se concentra no solo en el aprendizaje forzado a partir de un suceso adverso, sino también en los vaivenes temporales con los que la autora juega a lo largo de la obra. El ir y venir entre el tiempo pasado y el tiempo presente nos hace sentir tanto el dolor de una adolescente como el de una mujer adulta, encarando, desde diferentes estados existenciales, un recurrente horror al vacío. La autora se enfoca en el cambio como una sensación que pervive, a pesar de los años transcurridos y del entorno doméstico. Las tragedias de la vida, parece susurrarnos esta novela corta de Ospina Obando, simplemente ocurren, sin llegar a una verdadera culminación.

En ese sentido, el relato depende simbólicamente del estiramiento del momento trágico, y acredita su influencia posterior en el carácter de la voz narrativa, principalmente la culpabilidad que puede presentarse cuando una persona siente que pudo haber hecho mucho más por sus seres queridos (sea esto cierto o no). A la misma vez, Parece que Dios hubiera muerto destaca discursivamente por ser una viva reflexión acerca de la feminidad como construcción social, la sexualidad y el pudor corporal en la adolescencia, además de presentarnos una visión muy conmovedora de la paternidad descarriada y la salud mental en el ámbito de la familia.

Gracias por leer esta reseña

Soy Salvador Luis (1978), narrador, editor y crítico cultural peruano: www.salvadorluis.net. Twitter: @UnRaggioLaser

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