Vargas Yosa (de Julio Meza Díaz)

Si es un asiduo lector y seguidor de Mario Vargas Llosa, es probable que este relato largo de Julio Meza Díaz no sea apropiado para usted; sobre todo si le cuesta diferenciar entre los juegos de la ficción y el mundo concreto; o si considera que la parodia y la imitación burlesca son simples naderías. En todo caso, que esta breve introducción sirva como advertencia general: el texto de Meza Díaz es una narración claramente punzante, llena de alusiones irónicas, deformaciones grotescas e irreverencias, y en ese sentido tal vez sea un auténtico producto de la modernidad líquida — de esa modernidad sin monolitos — , que dialoga tanto con el Swift de El beneficio de las ventosidades como con un episodio bufo de una telenovela dirigida por Franz Kafka.

Cabe apuntar, sin embargo, que Vargas Yosa (Ediciones Periféricas, 2020) no es precisamente un relato acerca de la vida del ilustre escritor, sino más bien una narración seudobiográfica y futurista en torno a su “homónimo-disparate”, una criatura odiosa y victimizada a la vez. El personaje principal, aquel corpus bautizado como “Vargas Yosa”, nació sin extremidades, y es hijo de una familia pudiente, “ligeramente” corrompida, que llena su vida con esclavos sexuales y robots. El autor deja claro que la médula del texto se macera en el sarcasmo, y en esa clave se localizan las afinidades con la tradición de Swift: las exageraciones y los recursos paródicos dirigidos en este caso a un segmento de la sociedad del Perú (y a los estereotipos que dicho sector produce).

Sin temor a la insinuación excrementicia y al influjo de series animadas como South Park, Meza Díaz se burla de ciertas taras aristocráticas, producto no solo del neoliberalismo de fines del siglo XX sino también de los residuos coloniales. Siendo el Perú el país dividido que es, engendrado por el virreinato más acaudalado y jerarquizado del antiguo Imperio Español, las referencias e implicaciones sociales de la obra son manifiestamente disruptivas; buscan, de alguna forma, causar no solo risa, sino también algún tipo de reflexión. Si esta última llega a ser profunda o endeble, eso dependerá del juicio crítico de los lectores, pero es cierto que el autor de Vargas Yosa no se conforma solamente con la representación del espectáculo clasista.

Aunque el asunto y el registro lingüístico del libro pueden llegar a ofender, vale la pena subrayar que la función primordial de toda parodia es celebrar el doble sentido, y eso es algo en lo que Vargas Yosa definitivamente prospera. El relato, es cierto, amplifica al máximo lo escatológico, y quizá podría valerse de vez en cuando del embellecimiento de algunas oraciones, crear también un ritmo más pausado, pero Meza Díaz cumple el objetivo que aparentemente se trazó: narrar una historia irónica y absurda, y al mismo tiempo desestabilizar algunos monumentos y algunas tradiciones.

Gracias por leer esta reseña

Soy Salvador Luis (1978), narrador, editor y crítico cultural peruano: www.salvadorluis.net. Twitter: @SalvatoreLuigi1

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