Yo, Beato (de Miguel Antonio Chávez)

Una red de dogmatismos, verdades incuestionables, códigos y ceremonias que envuelve a un líder supremo oculto detrás de su propia leyenda. Yo, Beato (InLimbo Ediciones, 2021) es una narración peculiarmente irónica e inquisidora, pero sobre todo un relato de herejías posmodernas en el que Miguel Antonio Chávez @miguelantonioCH arrastra la tradición de la novela de dictador latinoamericano a un siglo XXI inundado de consumismo visual y falsos redentores.

En esta ucronía satírica, el Ecuador, después de ser llevado a la crisis política y social gracias al descendiente de una figura histórica de la independencia, es reemplazado por la República del Sagrado Corazón de Jesús, un estado religioso en el que “la voz de Dios es la voz del pueblo”. La nación sudamericana se convierte así en una tierra distópica en la que el catolicismo y las reliquias (entre ellas una variante vernácula del Santo Prepucio de Cristo) dominan el imaginario y las leyes que censuran la vida diaria de los ciudadanos.

Chávez establece una estructura interna atrevida, embrollando focalización, acción e introspección psicológica para ofrecernos un retrato humorístico y abarcador de la crisis interna del país, que vaga entre la compostura social y la lucha callejera. El relato empieza in medias res, con el líder supremo Graciano Moreno-Lange ya en la presidencia, y a través de los puntos de vista de varios actantes, entre ellos el del Dr. Vela (médico del Instituto de la Misericordia), el de la Madre Brígida (devota integrante de la hermandad de las Siervas Custodias) y el de un “defectuoso genético” con tintura esquizofrénica, Miratis Purislinga, somos testigos de su abrupto y delirante final.

A diferencia de otras novelas de dictador (Asturias, Roa Bastos, García Márquez), Yo, Beato es una narración muy concisa, sin embargo, logra establecer en pocas páginas una lógica interna y un culto a la personalidad lo suficientemente creíbles, a pesar del absurdo en el que se funda. El autor explota, de hecho, la brevedad y la fragmentación para crear diversas viñetas de recato y violencia, y así poblar el universo teocrático del tirano Moreno-Lange. Vale la pena mencionar, igualmente, el entusiasmo de Chávez por los efectos onomatopéyicos (una clara influencia de la obra de Kurt Vonnegut), sobre todo el que surge hacia el final del libro, cuando se evoca progresivamente la melodía de Bolero, de Ravel, y se llega de esta manera a una contundente y sicalíptica culminación.

Gracias por leer esta reseña

Soy Salvador Luis (1978), narrador, editor y crítico cultural peruano: www.salvadorluis.net. Twitter: @SalvatoreLuigi1

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