Fíbula (de Natalia Berbelagua)

Fíbula (Aguarosa Ediciones, 2021), tejido experimental de Natalia Berbelagua, es un artefacto narrativo más que un relato coherente ajustado a los requisitos de la representación habitual. Respondemos como lectores a un conjunto de imágenes que rompen insistentemente la racionalidad exhaustiva, y que en realidad cobran significado más por el motivo repetido que por el desarrollo de una trama comprensible. Berbelagua nos pone así en el “incómodo” lugar de tener que hallar otra forma de elucidación (como sucede con los antiguos productos de la vanguardia histórica), y nos recuerda, a la misma vez, ese tipo de costura, un texto que da la sensación de errar entre obras como La casa de cartón de Martín Adán y los surrealismos atmosféricos de principios del siglo XX, pero que también configura una epopeya apocalíptica y altazoriana firmada por los espíritus de María Luisa Bombal o Armonía Somers.

Evidentemente, esta no es la Berbelagua “acostumbrada”, sino la más desbordada. Aunque el registro de su lenguaje permanece claro, guiado por aquella suerte de hilo culto-poético que la distingue, la gran diferencia entre Fíbula y libros como Valporno (2011) o Hija natural (2019) es la evasión de una causalidad tajante y la comprometida disgregación de la diégesis. Hay un esquema, sin duda: el espacio costero de Valparaíso, la poscatástrofe, la aparición de una Última Mujer (llamada Fíbula), que viaja a través de la tierra y el inconsciente cual Odiseo distópico, en medio de una epopeya onírica; sin embargo, a pesar de que lo anterior no se pone en duda, la protagonista de este tejido experimental es más un reflejo que una actante concreta, y la voz testigo que la describe hereda, asimismo, las funciones de un proyector de cine, dislocando de esta forma el punto de vista narratológico cotidiano.

Fíbula ha sido escrita, por supuesto, pero sobre todo ha sido “montada”, recubriendo el corpus textual con insistentes proyecciones, creando un mundo de fantasía siniestra: arboledas espectrales, playas que desembocan en pesadillas dalilianas, mitología grecolatina mutada en alegoría, espacios nublados por medio del fervor simbólico del surrealismo. Es una obra subordinada a la pieza, al fragmento, y depende, en ese sentido, de la sobrepoblación de imágenes y la emanación violenta del inconsciente: el psicoanálisis jungiano como creador de variaciones narrativas y metáforas dismórficas.

No existe un desciframiento cómodo para Fíbula —la autora no lo busca, carece de sentido encontrarle un “sentido” a la obra—, ya que en realidad se trata de un cuerpo mutante que transpone la lógica y abandona el modelo de la simetría. En este tejido experimental de Natalia Berbelagua todo resulta irregular y asombroso, incluso el hecho de que su nombre nos refiera a una hebilla, a algo que en realidad ase y sujeta, y que ese título, finalmente, solo conlleve al desacato y a la reiniciación del cadáver exquisito, a nuevas dimensiones espantosas del interior y el recuerdo.

Gracias por leer esta reseña

Soy Salvador Luis (1978), narrador, editor y crítico cultural peruano: www.salvadorluis.net. Twitter: @UnRaggioLaser

Anterior

Cráteres artificiales (de Rosario Lázaro Igoa)

Siguiente

Allá afuera hay monstruos (de Edmundo Paz Soldán)

Reseñas relacionadas
Más

Precoz (de Ariana Harwicz)

Es un incómodo amor maternal, pero también un perturbador amor filial. Precoz (Mardulce, 2015) sucede como un golpe contra un…
Más

Pandora (de Liliana V. Blum)

Al terminar de leer Pandora (Tusquets, 2015), de Liliana V. Blum @LaBlum, tengo la sensación de hallarme ante un libro duro…