Aleksandr Solzhenitsyn (de Lolita Copacabana)

Pensar en el Aleksandr Solzhenitsyn de la vida real es como estar ante un flashback tétrico e importuno. Nos remite de forma automática a la Soyuz totalitaria y al sistema penal de trabajos forzados que facilitó la anulación de miles de prisioneros en campos de exterminio soviéticos, aquellos campos que el propio Solzhenitsyn, con cierta ironía ante el dolor propio, bautizó en su obra como “archipiélagos”. En el caso de la novela de Lolita Copacabana @justlolaAleksandr Solzhenitsyn. Crimen y castigo en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (Momofuku, 2015), la relación intertextual con el autor ruso no implica una correspondencia directa ni biográfica, pero es obvio que tampoco se aleja de asociaciones relativas a los correctivos estatales y los valores (autorizados y desaprobados) de la comunidad oficial.

Llama la atención a primera vista que la autora sitúe la trama en un Buenos Aires alterno e incoherente, un lugar que, por un lado, mantiene el orden de la toponimia: las avenidas, los comercios o los espacios recreacionales como el Parque Carlos Thays, pero que, al mismo tiempo, alcanza también una lógica cómica y desfamiliarizadora basada en la frivolidad y el origen de sus protagonistas. Al hablarnos paródicamente de los singulares personajes que habitan esta ciudad, la novela parece llevarnos a una dimensión sudamericana paralela, donde el concepto de una Buenos Aires que asumimos reconocible se transforma por medio de mutaciones absurdas, creando una megalópolis que no es precisamente Los Ángeles o Nueva York sino una versión argentina y arquitectónicamente más sofisticada del Springfield de The Simpsons, un territorio-ficción donde se alberga tanto el disparate como el espectáculo posmoderno.

Así, los personajes principales de Aleksandr Solzhenitsyn son todos emulaciones irónicas de celebridades de Hollywood (o familiares de estas). Las parodias de la madre de Elle Fanning (convertida en una sospechosa maestra de Educación Cívica) y la actriz Lindsay Lohan (quien sigue siendo pelirroja y pecosa, pero ahora es también porteña) residen en capítulos paralelos en esta inusual Buenos Aires junto a dobles “deformados” de Tara Reid, Jared Leto o Jennifer Garner, donde, para su mala fortuna y sostén de la trama, resaltan su incompetencia cometiendo infracciones de tránsito y siendo incapaces de pasar los controles de alcoholemia.

En esta ciudad ficticia que se mimetiza con la real, los correctivos estatales no tendrán la forma del gulag soviético ni de la aniquilación, pero sí la del trabajo comunitario en parques y jardines y la de clases de “reinserción” en instituciones disciplinarias como la temida Escuela de Educación Vial. Para subrayar la alusión a los crímenes y los castigos del subtítulo, además, Copacabana opta por darle particularidad léxica a la novela utilizando repetidamente un registro lingüístico propio del derecho penal; esta elección modula la sátira y crea a la misma vez un puente aún más extravagante entre la realidad fashionista y frívola del pop cotidiano (la que conocemos a través de los medios de comunicación) y la irrealidad exagerada y conscientemente inconexa de estas nuevas “metacelebridades” de la ficción (ahora convertidas en espectáculos múltiples de un gran espectáculo).

Si a ello le añadimos la mediación tecnológica de la ciudad comunicacional del siglo XXI — notificaciones oficiales a través de mensajería electrónica, videollamadas como formas de afecto a distancia, conexiones omnipresentes— y el derroche apasionado de benzodiazepinas, Aleksandr Solzhenitsyn es a todas luces un trip sobre la decadencia contemporánea y el exceso de exposición, pero también una novela acerca de la disciplina institucional y burocrática, y sobre la necesidad existencial de, tarde o temprano, proveerse de un cachorrito pugg para sobrellevar la monotonía.

Gracias por leer esta reseña

Soy Salvador Luis (1978), narrador, editor y crítico cultural peruano: www.salvadorluis.net. Twitter: @SalvatoreLuigi1

Anterior

Combustión humana espontánea (de Guillermo Barquero)

Siguiente

Retrato de Mussolini con familia (de Mario Bellatin)

Reseñas relacionadas