La piel del murciélago (de Diego Otero)

Mezclar el imaginario urbano latinoamericano y la aventura de acción con tintes chinescos parece en realidad una treta estrafalaria, sin embargo, La piel del murciélago (Peisa, 2023) logra amasar dichas naturalezas sin tropezar en una exhibición de costuras perjudiciales. En realidad, la nueva novela de Diego Otero es especialmente posmodernista, la segunda en su trayectoria como narrador, y en ella convergen no solo una mímesis muy particular (de oscuras rutinas laborales y adicciones calamitosas), sino también un profundo apego por la plasticidad estética de la ficción.

El autor nos entrega un relato claramente cimbreante —que por momentos roza el absurdo—, y un reparto de personajes anómalos y clandestinos: poetas expertos en artes marciales que asaltan a deudores morosos, maestras impasibles de secretos orientales, mafiosos opulentos y encarnizados, y taxistas sexópatas, adictos tanto a la psilocibina como a los lazos de sangre. Todos ellos, intercalados por medio de focalizaciones en tercera y primera persona —en una Lima que existe, pero que al mismo tiempo nos hace recordar una novela gráfica para adultos (especulemos acerca del clásico Diabolik, firmado por las hermanas Giussani, o Grendel de Matt Wagner)—, hacen de La piel del murciélago una narración de perspectivas múltiples, con una organización interna que profesa, además, su propia fórmula disipadora.

Estas características, apoyadas en el entendimiento de que existe una cultura latinoamericana híbrida y no monológica, no convencerán, desde luego, a todo el mundo. El gusto tendrá siempre mucho que dictar, sobre todo tratándose de una novela alejada del discurso político-denunciador o incluso del realismo autoficcional predominantes en el Perú. Sin embargo, moviéndonos más allá de las banderas partidarias y las inclinaciones testimoniales, siempre será importante resaltar los atributos narratológicos de un relato y las maneras en que dichas elecciones estéticas, vengan de quien vengan, se anudan a una tradición.

La piel del murciélago, por supuesto, tiene ciertas peculiaridades típicas de la visión de mundo de generaciones urbanas globalizadas (ya patentes desde los años 90); su trama y ambientación, en ese sentido, negocian con varios tópicos universales de la cultura pop, tomados en este caso, aparentemente, del cine de Hong Kong, de filmes estadounidenses como Kill Bill, Underworld o The Matrix, o incluso de mangas al estilo de Akira (las referencias culturales, recordemos, están siempre determinadas por la época de nacimiento y la condición socioeconómica del autor).

La novela, sin embargo, hilvana también redes de referencias “cultistas” con las que Otero juega para enriquecer los antecedentes de algunos personajes, principalmente a través de intertextos metapoéticos, que incluyen autores como José Watanabe, Emily Dickinson, Magdalena Chocano o William Blake. “Lo peruano”, entonces, se halla presente en la elección de ciertos poetas y alusiones a barrios limeños, pero no se trata de una representación costumbrista fiel, sino que el libro, resuelto a ser tanto referencial como antireferencial, es a la vez un compilador y un simulador de pequeñas menciones, uniendo así la caótica Lima de asfalto y casas enrejadas (la Lima de hoy).

El tránsito constante entre los tópicos de la cultura de masas de los últimos cuarenta años y la búsqueda poético-estética (tanto en el recorrido de algún personaje como en el registro lingüístico de La piel del murciélago) hace de la obra de Otero un texto hermosamente performativo y titilante. No es una invención inédita, pues se adscribe a la línea de varios escritores nacidos en la segunda parte del siglo XX, pero sí una afirmación participativa en el nicho mencionado. Y justamente, con esos rasgos y fusiones culturales, la novela hace brotar personajes innegablemente anómalos que representan, al mismo tiempo, una fábula televisiva y global. Ser peruano, en el fondo, es “ser” shipibo-conibo o quechua, pero también español, africano, italiano, chino o japonés, las etnias que fundaron la república durante el siglo XIX, seres que en esta novela del siglo XXI —tan chinesca por momentos, tan neo-noir y gansteril por otros— se encienden paralelamente, apretados por la clandestinidad que les ofrece la noche púrpura, la sumisión a los fármacos y el sexo y el dulzor de la rabia que fermenta su lapso en una Lima artificiosa e inconfesable.

Gracias por leer esta reseña

Soy Salvador Luis (1978), narrador, editor y crítico cultural peruano: www.salvadorluis.net. Twitter: @UnRaggioLaser

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