Retrato de Mussolini con familia (de Mario Bellatin)

Hace unos años mencioné en el prólogo de Salón de anomalías. Diez lecturas críticas acerca de la obra de Mario Bellatin (2013) que Bellatin “logra producir textos que tienden a evitar la categorización y el claro desciframiento por parte de sus lectores” y que es común que desdibuje “convenciones estéticas en pos de desencajar (parcial o totalmente) una clara interpretación y asimilación de la obra de arte”. Ambas, desde luego, son aseveraciones relacionadas y se enfocan principalmente en la manera en que la obra de Mario Bellatin desestabiliza al crítico literario y al lector, sobre todo cuando los menos acostumbrados a las dislocaciones estéticas no encuentran una forma de sentir empatía por la experimentación o por el texto como artefacto.

En la manera en que su trabajo rompe protocolos de representación literarios y en la formación de cuerpos textuales híbridos, Bellatin reitera una y otra vez que lo que está en juego es la técnica con la que se narra una historia. No porque el discurso de la trama carezca de notabilidad (sin duda la profundidad filosófica de Bellatin es una de sus características más apreciables), sino porque en la mutación del modelo estético, en la maleabilidad de la forma, se halla una disertación sumamente compleja acerca del arte y su recepción, y ello, desde luego, es lo que Retrato de Mussolini con familia (Alfaguara, 2015) viene a confirmarnos nuevamente: las serias implicaciones que resultan de pensar la forma no solo como algo plástico sino también como algo destructible.

Este libro está compuesto de dos partes marcadas por la diferencia en la aproximación artística: un texto fragmentado a modo de notas — la historia del final de la carne enferma y la pulsión del amor — y varias ilustraciones suplementarias que “redibujan” el mismo relato (estas últimas firmadas por la artista húngara Zsu Szkurka). Las ilustraciones, sin embargo, no son una simple repetición del texto de Bellatin, sino una alternativa visual que abre una segunda posibilidad de lectura, puesto que cada dibujo representa aquello que el lector cree conocer, pero desde el punto de vista de la imagen, desde la apertura de nuevos distintivos gráficos que, bidimensionalmente, expanden el relato a través del arte figurativo. A diferencia del texto anterior, los dibujos brindan una exposición visual del espacio que la palabra no puede retratar con la misma consistencia, matizando, por ejemplo, la distancia o la cercanía de los personajes, el color y el contraste de la vida y la muerte y la geometría del furor y la excitación. Szkurka, además, se inclina por una perspectiva poco realista, distorsionando la armonía pitagórica del orden simbólico para lograr un efecto mucho más desconcertante y onírico.

Visto de cierto modo, el universo de extrañeza de Bellatin se duplica con las ilustraciones de Szkurka. La sensación, no obstante, no es idéntica a la que provocan las fotografías de Ximena Berecochea en Shiki Nagaoka: una nariz de ficción (2001) o en Jacobo el mutante (2002), ya que en Retrato de Mussolini con familia la diferencia primordial parece encontrarse en la función y la secuencia. Mientras que en Shiki Nagaoka las fotos sirven como un álbum intertextual complementario y en Jacobo el mutante como una narración visual paralela integrada al ritmo del texto, en Retrato de Mussolini con familia los dibujos revelan más bien un intervención de la historia (lo que implica otra breve historia) a través del aparato visual. Es cierto que los componentes elementales son los mismos: el Amante y el Amado, la extremaunción desbordada y la muerte, la familia que solo puede dar desamor a su hijo, pero la manera en que se insertan esos elementos, sobre todo la manera en que se inserta la presencia de Mussolini, replantea la lectura de ambas partes del libro creando más de una narración con elementos similares y una mutación de lo previo y de lo posterior. Y es que al leer y observar Retrato de Mussolini con familia asoma una gran duda: ¿es la fantasmagoría de Mussolini en los dibujos exactamente el mismo Duce que cita el texto escrito? ¿Cumplen un rol simbólico y semántico similar? A primera vista la respuesta podría ser afirmativa, pero prestando un poco más de atención pareciese como si ambas partes fueran intervenciones de la otra (con un Duce inestable y plástico), como si el libro contara dos relatos vinculados y al mismo tiempo diferentes, desfamiliarizando y descontextualizando las lecturas y los protocolos de representación.

Retrato de Mussolini con familia, asimismo, es claramente un libro sobre la maldición de la carne y el miedo al cuerpo “irregular” (el hombre de un solo brazo, el organismo ininteligible), y sobre la búsqueda del amor más allá de la enfermedad y la “impureza” del útero materno, que funge en esta historia de gran interventor y censor somático. Al mismo tiempo, la manera en que se emplean el rito religioso y el acto sexual, como una especie de simbiosis mística para alcanzar un estado de satisfacción in extremis y una unión plena con lo Sagrado (sea lo Sagrado la perfección o el amor que no se tuvo en la Tierra) entraña una conmovedora manera de observar el ciclo de la existencia humana y el tránsito del mundo material al espiritual.

Gracias por leer esta reseña

Soy Salvador Luis (1978), narrador, editor y crítico cultural peruano: www.salvadorluis.net. Twitter: @SalvatoreLuigi1

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