La obra narrativa de Izaskun Gracia Quintana ha tocado tanto las puertas del realismo urbano como las de la literatura de lo insólito, pero es verdad que este último reino la empuja siempre hacia la naturalidad de lo inevitable, especialmente cuando agrupa en sus páginas esa mixtura tan propia de suspense y terror. Mal de bosque (Alberdania, 2026), su primera incursión en la novela de miedo, se adentra ahora en la espesura del folclore local y la sobrenaturaleza del campo vasco, estremeciendo herencias transgeneracionales y traumas de linaje que sancionan a los vivos y refundan para siempre el espacio ancestral.
A la manera de Grady Hendrix en Cómo vender una casa encantada (2023) o Stephen Graham Jones en El único indio bueno (2020), la autora descansa su relato en los tópicos del locus solus (el lugar apartado) y el locus horridus (el espacio amenazante y tenebroso). Si bien el primero posee cierta ambigüedad de acuerdo con el tipo de historia (podemos hablar en ocasiones de un locus solus vacacional o de descanso), en el caso de Mal de bosque el espacio apartado se entremezcla simbólicamente con la hostilidad y las sombras del caserío aterrador. Esta dualidad espacial ha sido aprovechada antes por Gracia Quintana en algunos cuentos de la colección Lo que ruge (2021), pero se regenera en esta nouvelle de agrohorror contemporáneo como un verdadero destino adverso e irremediable, inscribiéndose sin duda en el mismo plano estético de novelas como Te di ojos y miraste las tinieblas (2023), de Irene Solà, o Carcoma (2021), de Layla Martínez.
Los personajes femeninos de Mal de bosque pertenecen a una familia simplemente condenada. El libro en sí parece imitar una suerte de cuenta regresiva generacional, utilizando la vía fragmentaria para avivar la tensión del discurso mágico y dilatar el suspense. Cada apartado cumple una función profética respecto de lo que la historia ha trazado en la primera página: la deuda impaga que un matriarcado tiene con el bosque. Se juntan así el misterio y la sospecha a lo largo de una trama de goticismos rurales que juega siempre con las competencias de lo anticipatorio. En ningún momento esta nouvelle esconde el dilema principal del relato ni el final desafortunado de sus mujeres; la herramienta narrativa fundamental de la autora es justamente esa conclusión anticipada, la forma en que le repite al lector que la desdicha de los actantes —abuela, madre e hijas— es la única solución para el libro.
Dicho de una manera tan simple, la trama de Mal de bosque parece “conocida”, sin embargo, aunque el planteamiento de Gracia Quintana sea explícito y nos respire en la nuca, la forma en que los hechos se desatan resulta menos que imaginable. La sorpresa permanece ahí, la fuerza indescifrable de las plantas del bosque y la hechicería aterrorizan tanto lo fraternal como lo maternal; los conjuros se elevan, los estremecimientos agitan el suelo, y esa potente naturaleza sublime que lo desborda todo, nos excede y es inmensamente negra, engendra en nosotros una intranquilidad que solo asoma en la literatura cuando la estética del terror ha alcanzado su punto más alto.

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Soy Salvador Luis Raggio Miranda (1978), narrador, editor y crítico cultural peruano: www.salvadorluis.net. Instagram: @panoptista