Empezaré diciendo que Todos los muertos de mi felicidad (FIPA/Ciudad Librera, 2026; un título que parece tararearnos una estrofa de Silvio Rodríguez) es ciertamente un libro superlativo en la carrera de Gabriel Rimachi Sialer; hablamos de una combinación de imágenes viscerales y melodramáticas que expande la línea neorrealista que hasta hoy había caracterizado su trabajo. Aunque es cierto que no se trata de la primera reunión de narrativa breve del autor, la madurez ganada hace de esta colección un esfuerzo importante en cuanto a tono, ritmo, diversidad genérica y propuesta argumental, reflejando que su prosa ha hallado en los últimos años un punto de inflexión.
Si bien la economía léxica y las formas del discurso ratifican una estética definida, Todos los muertos de mi felicidad ostenta a la vez una clara expansión, un pujante núcleo-matriz en el que se alojan las temáticas del amor, la carencia y la supervivencia, y alrededor de este una variedad de satélites arquetípicos de bondad y maldad que hacen progresar cada uno de los melodramas albergados en el conjunto. Rebosante de desánimos y hundimientos limeños, la nueva colección de Rimachi Sialer tiene una intención claramente sociológica: nominar penurias en el contexto de la capital (casi siempre en torno a las experiencias del proletariado o la clase media). Paralelamente, el libro revela imaginaciones goticistas y fantásticas, y escenas de ciencia ficción de corte social que comentan con la retórica del sufrimiento el impacto negativo del consumismo tecnológico de nuestra época.
En tal sentido, Todos los muertos de mi felicidad no compendia solamente una parte del espectro narrativo del autor, sino que promueve un corpus de variantes diversas sobre la base de cuatro ejes principales: (1) el melodrama de denuncia social, sobre todo en cuentos como “Ciudad solitaria” o “Manual del ingresante”, que se desarrollan en una Lima gris y opresiva; (2) las narraciones de lo insólito, entre las que destacan “Ofelia”, “Paraísos artificiales” y “La vergüenza de los ahogados”, representando, cada una, lo fantástico, la ciencia ficción y la literatura de miedo; (3) el cuento de infortunio y violencia urbana, acentuado en narraciones como “Sérpico, sin Al Pacino” o “Monsieur Hernández”; y (4) los homenajes intertextuales ligados a la obra novelística de Mario Vargas Llosa: “Elogio de la sirvienta” y “¿Quién mató a Palomino Molero?”.
Estos cuatro ejes transitan acompañados de varios poemas y letras de canciones románticas (Jaime Sabines, Luis Aguilé, Alberto Domínguez, Dulce María Loynaz) y se complementan armónicamente a pesar de sus diferencias constitutivas, siendo siempre la pérdida y la desazón que se vincula a dicha circunstancia los hilos comunicantes. A los personajes de Gabriel Rimachi Sialer les hace falta un auxilio, les precede una carestía o se plantea de pronto un obstáculo que ralentiza su marcha: embarazos no deseados, pasiones incomprensibles, miserias periodísticas, ejercicios de tortura, actos de amor eterno, salvaciones chamánicas, fantasmas que sienten vergüenza o migraciones que llegan a lo absurdo. La apelación emocional típica del melodrama latinoamericano televisivo inunda las páginas de estos nueve cuentos, y se desliza como una de las particularidades más llamativas de la poética del autor, alguien que atiende al efecto simbólico de estos gestos tanto como Manuel Puig en Boquitas pintadas (1972), pero que a la misma vez imprime trazos propios con su manejo contemporáneo de la ambigüedad moral y el contraste sistemático entre el gozo existencial y la muerte.

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Soy Salvador Luis Raggio Miranda (1978), narrador, editor y crítico cultural peruano: www.salvadorluis.net. Instagram: @panoptista