Una novela acerca del paso del tiempo, la identidad y el desierto omnipresente. Aquello que perdimos en la arena (Peisa, 2019) dramatiza en sus breves capítulos el testimonio íntimo de una mujer sinoperuana atenta a lo pasajero. Con un fuerte discurso confesional, encadenado al paisaje de las dunas y los cerros áridos de la costa norte del Perú, Julia Wong trenza memorias de infancia y juventud para hablarnos de un sujeto femenino intercultural, que explora y se mueve, y que en su adultez hace del mundo exterior un lienzo para su exilio.
Pensar el Perú solo a partir de su pasado prehispánico es uno de los esencialismos antropológicos más costosos. La nación peruana, como tal, es en realidad un producto del siglo XIX, y al igual que todas las naciones de dicha época consta de varios elementos constitutivos. Lo indoamericano, aunque fundacional, es tan solo uno de esos componentes, y sintetiza de manera errónea la complejidad identitaria del país. La peruanidad descansa en realidad sobre seis pilares cardinales: lo indígena, lo hispano, lo africano, lo italiano, lo chino y lo japonés (ya que étnica y culturalmente fueron los grupos que más aportaron a la idiosincrasia nacional), pero, al mismo tiempo, olvidamos siempre contarle al mundo que el espacio geográfico nos marca de manera profunda. Esas tres amplísimas regiones que dividen el territorio nacional: la costa, la sierra y la selva establecen desde siempre naturalezas y visiones de mundo distintas, que suelen hallarse en oposición.
Nacer en medio de las dunas, frente al Océano Pacífico, no es lo mismo que germinar en las montañas del Cusco o las entrañas de la Amazonía, y esta novela de Julia Wong no solo entiende las particularidades del desierto, sino que sabe representar su espíritu. El polvillo incesante, la aridez del paisaje, el sonido de las tardes rojas y el aroma de la corriente de Humboldt. Todo peruano costeño se identifica con esas piezas del paradigma, las concibe suyas: el arenal, el vacío. Hay razones fundamentales para que el costeño recargue menos el espacio, por ejemplo, y para que parezca, a la misma vez, una persona “desértica”. El selvático, sin ir muy lejos, suele echar de menos el verdor, y el andino se inclina por la abundancia de colores del espectro continuo, pero el costeño “auténtico”, desde los albores de la civilización del desierto, vive una intensa relación con el crema y el granate, colores adaptados a las arenas.
La narradora protagonista de la novela de Wong, Cristina, lo sabe expresar poéticamente, nos habla de un desierto real que es a la vez metafórico, y del cual nunca puede desligarse a pesar de sus continuas marchas. Sus reflexiones, concebidas desde una peruanidad tusán que añade el sentir de sus antepasados, son siempre sensoriales. Así, la ciudad de Chepén cobra vida a través de la soledad de sus arenas y el albergue de sus sombras, por medio del tono de la superstición y el olor de sus yerbas y brebajes. Pero luego, se enmaraña, la familia china se desmiembra, el tiempo fluye y empiezan los nuevos altercados existenciales resguardados por la lectura y la escritura: ser una tusán de la costa norte, una tusán de Alemania, del desierto del Sahara, de México, una tusán que llega a los Estados Unidos y se difumina en voz baja mientras se despide de la maternidad.
Geográficamente apartada, interiormente descentrada, la protagonista de Aquello que perdimos en la arena toma lecciones de los destierros y de las voces transitorias a su alrededor, pero al final de todo, esté donde esté, parece simplemente verterse en la arena, aunarse a la sequedad, y ese vacío desértico es el que a la postre hace de esta novela de Julia Wong una forma peculiar de literatura peruana, una manera de interpretarnos desde la representación de aquellos orígenes que, neciamente, divulgamos menos.

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Soy Salvador Luis Raggio Miranda (1978), narrador, editor y crítico cultural peruano: www.salvadorluis.net. Instagram: @panoptista