La falsedad es un elemento fundamental de la ficción, y el caso de E-mails con Roberto Bolaño (Seix Barral, 2025) es tal vez uno de los más coloridos cuando se trata de pensar en la literatura como un arte lúdico, que constantemente empuja al lector a suspender la incredulidad. En esta colección de relatos híbridos (donde se mezclan la crónica con el testimonio apócrifo y el absurdo con diversos “cuadros de costumbres” metaliterarios), un inventivo J. J. Maldonado despoja a la escritura de su solemnidad excesiva, permitiéndose parodiar géneros, reírse por momentos de las convenciones del oficio y homenajear, cómo no, a algunos de sus fetiches.
Si se trata de “fetiches” no me refiero solamente a los autores nombrados en las historias que se enlazan en el libro (desde Rodrigo Fresán hasta Enrique Vila-Matas, desde Pierre Michon hasta Han Kang), sino también a los libros que me recuerdan un trayecto comparable. Existe, pues, una base metaliteraria (una biblioteca de metaficción historiográfica) de la que Maldonado se alimenta, pero no como un simple copista, sino más bien como un admirador de técnicas narrativas que deforman deliberadamente a otros contadores de historias o figuras de la cultura.
No es que E-mails con Roberto Bolaño no tenga una luz propia, sin duda la tiene, pero no deja de ser cierto también que baila alrededor de un fuego brillante e incandescente. Como ejemplos más inmediatos llegan a mi cabeza Historia abreviada de la literatura portátil (1985), del propio Vila-Matas, o La literatura nazi en América (1996) de Roberto Bolaño; pero también joyas universales de la literatura italiana y francesa, tales como Maupassant y el otro (1944) de Alberto Savinio o la erudita Vidas imaginarias (1896) de Marcel Schwob.
El libro de J. J. Maldonado, que reflexiona sobre el propio acto de escribir dramatizando la historia oficial (o al menos la vida de algunos personajes de la historia oficial), utiliza el recurso discursivo de la anécdota para fabricar un microuniverso adulterado y pintoresco, donde la verosimilitud se ensancha a través de las incongruencias que existen con la realidad. En esencia, su imaginario social es posmodernista, y eso le da una gran habilidad para parodiar el mundo de la cultura, pero, como buen lector de crónicas (y se nota que lo es), el autor retoma la antigua usanza de los periodistas costumbristas del siglo XIX, convidándonos escenas de la vida diaria, oficios y tradiciones, lenguaje vivo (por momentos popular, por momentos cultista) y estampas con un tono ciertamente nostálgico.
El narrador en primera persona de esta delirante crónica, probablemente el alter ego de Maldonado, un joven que en el libro es poco fiable pero entretenidísimo, procura conquistar la literatura a través de la fascinación por sus fetiches, reproduciendo a la misma vez una memoria intertextual de sus experiencias. Detrás de todo ese maravilloso juego, por supuesto, detrás de toda esa desfachatez y acumulación de datos biográficos y librescos, reside también un pathos hauntológico que puede llevar incluso a alguien a intercambiar e-mails con la reencarnación en código HTML de un famoso escritor hispanoamericano. Y eso, lo sabemos bien, es la literatura que conocemos: una fabricación, una simulación, una admirable serie de falsos testimonios.

Gracias por leer esta reseña
Soy Salvador Luis Raggio Miranda (1978), narrador, editor y crítico cultural peruano: www.salvadorluis.net. Instagram: @panoptista